¿En qué se parecen el divorcio, el matrimonio igualitario y la despenalización del consumo de drogas?

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por Noelia M. Galera – Integrante de RESET, abogada egresada de la UBA, Magister en Derechos Humanos, Estado y Sociedad de la UNTREF, Defensora Pública Oficial Coadyuvante ante el Juzgado Federal de Río Grande, Tierra del Fuego e Islas del Atlántico Sur.

Estos tres hitos -los primeros dos ya alcanzados, el otro aún es un anhelo- comparten los mismos detractores, que recurren una y otra vez a los mismos argumentos.

Las posiciones que se oponen a estas medidas por lo general ven en la conservación del status quo la calma indispensable para una vida democrática y saludable, presagiando un futuro caótico y desolador en caso de avanzar hacia esos lares.

Y como si no fuera suficiente predecir una hecatombe, recurren a los niños/as, golpe bajo que siempre viene bien a la hora de excusarse para no avanzar en el reconocimiento de derechos.

Previo a la sanción de la ley 23.515 de divorcio vincular, las voces en contra auspiciaban el fin de la familia como la conocemos y el daño irreparable a los hijos/as. Basta recurrir al folleto que acompaña a este artículo para convalidar esta afirmación, donde se lee: “Los hijos son las grandes víctimas de la disolución matrimonial. Sufren y no entienden. Aunque se pretenda explicarles lo inexplicable, se sentirán culpables de la destrucción de la familia. Es razonable el derecho que tienen a exigir de sus padres el cumplimiento del contrato irrevocable con el que constituyeron su familia: las promesas -formuladas al traerlos a la vida- de un ambiente sano: de amor, de cariño, de comprensión; en el cual pudieron desarrollarse con plenitud. Los hijos se encuentran indefensos ante el egoísmo o equivocación de sus padres. Ellos no tienen abogados. Si se hacen encuestas sobre el divorcio, no preguntan su opinión. Y cuando hay elecciones, no pueden votar. Pero sufren. Hagamos oír la voz de los que no son consultados”.

La mirada angelical y juzgadora del niño de la foto, pretende servir de escarmiento a quien ose apartarse de los mandatos de la familia unida.

La misma estructura argumentativa se vivenció a la hora de debatir la ley 26.618 de matrimonio igualitario. La diputada Majdalani expresó en el Congreso “… Considero que dos personas mayores de edad pueden hacer lo que deseen con sus vidas; el problema lo tengo respecto de decidir sobre la vida de los menores de edad. Sobre que estas parejas adopten un niño. Cualquier persona puede educar con amor. No dudo de la capacidad de una persona homosexual para criar y amar a un niño, no dudo que un hombre pueda ejercer el rol materno o una mujer el paterno, los roles nada tienen que ver con el género. El problema es, para mí, que la sociedad argentina no está lista aún para esto. Pensemos en lo que un hijo de una pareja gay debería enfrentar, por ejemplo, en el colegio, ¿O vamos a tener colegios especiales para ellos? ¿Cómo un chico podrá explicarle a sus compañeritos que tiene como mamá y papá a dos hombres o a dos mujeres?”

Otra vez el fantasma del daño irreparable a los niños/as, víctimas impuestas ante el intento de avanzar en el reconocimiento de derechos.

Recientemente, se llevó a cabo ante la Corte Suprema una audiencia pública en el marco del recurso de amparo formulado por madres santafecinas cultivadoras de cannabis terapéutico. Uno de los convocados como amicus curiae fue la Asociación Civil Papis Fe y Esperanza Adicciones, que en su presentación escrita expuso que permitir que madres cultiven cannabis para niños enfermos, podría ser potencialmente devastador para otros niños que conviven con el paciente, volcándolos al consumo recreativo y a la venta de esta sustancia entre sus pares.

Hace treinta y cinco años, pese al vaticinio de un futuro de personas egoístas y sin intención de formar una familia, se promulgó la ley de divorcio vincular.

Hace doce se sancionó la ley de matrimonio igualitario y tampoco nos forzó a todos a buscar una pareja del mismo sexo, mucho menos a crear escuelas especiales para niños de padres separados, de manera de encapsularlos en una burbuja lejos de las críticas de los niños/as “normales”, o sea, criados por una mamÁ mujer y un papá varón.

Solo nos queda avanzar hacia el siguiente hito, que servirá para eliminar el prejuicio de que avanzar en derechos trae como contrapartida un futuro de estragos y abusos, y desarmar también el mito de que la prohibición erradica el consumo de drogas.

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