Maradona y las drogas: el gran juego de pelota

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Por Daniela Montenegro
Integrante de RESET – Política de Drogas y Derechos Humanos

Empecé este año refugiada en una sombra chiquita, contemplando el campo del gran juego de pelota en Chichen Itzá. Mientras estoy ahí, un guía le relata a un grupo de personas que se cree que el pitz se juega desde el año 1400 antes de ese cristo; hay estudios que sugieren que el consumo de drogas se remonta a la misma fecha. Ambas prácticas forman parte de la humanidad.

La noticia de la muerte de Maradona me encontró en el país que lo coronó campeón mundial. Esa vez, yo tenía cuatro años y estaba junto a toda mi familia mirando el partido en un televisor blanco y negro de veinte pulgadas. “Saltabas y gritabas, tenías una camisetita de Argentina”, me contó mi papá del otro lado de la pantalla. En ese día de invierno del 86, ninguno de los dos imaginaba que una vida después yo iba a terminar viviendo en México.

Desde el día del fallecimiento de Diego Maradona a esta parte se han escrito y publicado notas y columnas de opinión de todo tipo, abonando muchas discusiones que se han generado en torno a su figura. Se vieron los múltiples pliegues que solo la muerte del mayor ídolo argentino de los últimos tiempos podía condensar. Con luces y sombras, claro está. Quizá la escritura compartida y apresurada buscó hacer algo más parecido a la invención mediante la palabra, ahora que con la partida de Diego se cerró además una forma de lenguaje posible. Maradona supo tener siempre una palabra justa, ocurrente, precisa; con acuerdo o no sobre sus dichos. Este ejercicio asume todos los errores y vacíos que puedan encontrarse.

De las contradicciones, desprolijidades y errores que Maradona tuvo en su vida se ocuparon quienes no pudieron contenerse frente una herida recién abierta –cuestión problemática para la vida en común con les otres– y echaron sal.

Que Maradona tuvo más de un problema con las drogas es algo públicamente conocido; sin embargo, de los problemas que tuvo gracias al prohibicionismo se discute bastante menos. Uno de estos días, charlando con compañeras y compañeros de Reset, enumeramos entre recortes de diarios y fotos viejas las veces que Diego fue atropellado por las políticas de drogas de nuestro país y del mundo.

Los años noventa fueron la década de la opulencia, los excesos y el desborde de Argentina y también de Maradona. Fueron los años donde se delinearon las políticas de drogas del país en clave prohibicionista y punitivista. Coinciden, casi caprichosamente, el avance y la instalación del prohibicionismo con la persecución televisada de las decisiones que Diego tomaba sobre su cuerpo e intimidad. El elogio sin piedad lo obligó a una vida espectacularmente visible.

No tiene mayor sentido descansar en el ejercicio contrafáctico de pensar qué hubiera pasado si la regulación del mercado de drogas ilegales fuese un hecho y la atención sanitaria de los usuarios y usuarias de drogas respetuosa de los derechos humanos fuese una práctica incorporada en todas las dimensiones posibles y deseables. Sospecho que, lamentablemente, falta mucho tiempo todavía para que estas transformaciones ocurran.

Una de las argumentaciones más comunes frente a los señalamientos que se le hicieron a Maradona por haber consumido drogas es la hipocresía que porta quien levanta la vara moralizadora. Pienso que no se trata sólo de hipocresía. Es este el núcleo duro del prohibicionismo punitivista que dispone la sanción y el juzgamiento de los padecimientos: suspender y expulsar del deporte al mejor futbolista, farandulizar su vida privada, hacer escarnio público de su desdicha. Este núcleo duro es tan duro de roer que hasta logró encarnar en su propio discurso: más de una vez Diego sostuvo frente a las cámaras que a la cocaína no hay que ni probarla. Fue incluso la cara de una conocida campaña de prevención de consumo de drogas nacional, muy distante de cualquier propuesta alternativa o regulatoria.

Llevando a la exageración el prestigio por el sistema decimal –reflexión borgeana y burlona que también escuché estos días–, Diego Maradona se murió a los 60 años el 25 de noviembre de 2020, diez años después de la sanción de la ley de salud mental y adicciones que no consiguió ni la mitad de lo que se propuso y sigue cosechando detractores en esos mismos medios que lucraron y lucran con la espectacularización del consumo de Diego.

La persecución arbitraria y selectiva por temas de drogas a jóvenes de barrios populares sigue tan vigente como la falta de accesibilidad al sistema de salud. La discusión sobre la voluntad de las personas que padecen problemas de salud mental y su disminuida capacidad de decisión se reedita al mismo tiempo que el tutelaje y patrullaje moral ganan terreno. La respuesta punitiva del prohibicionismo fue salvaje y constante a lo largo de la vida de Diego, no descansa ni con su muerte. La reforma de las políticas de drogas y la transformación de las prácticas a ellas asociadas son una deuda de la democracia, hoy esta deuda es particularmente especial con los sectores populares. Las alternativas a la prohibición no pueden ser un beneficio liberal.

Estoy saliendo hacia el Estadio Azteca a buscar otra foto del gran juego de pelota. Necesito ritualizar más allá del altar esta pérdida que desconocía iba a marcarme tanto. “Cuando Diego se murió yo estaba en México”, voy a contar más adelante. Se venció mi pasaporte argentino de un modo que, honestamente, no pensé que iba a pasarme nunca.

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