Vidal y la marihuana: los límites del sentido común

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Cajas negras e imaginación sociológica para dar respuesta a sus testimonios.

Por Dalila Tealdi1

¿Cómo pensar y analizar lo dicho por la exgobernadora María Eugenia Vidal2 respecto a la legalización de la marihuana? ¿Cuántos mensajes discriminatorios, clasistas, estigmatizantes y anti derechos podemos encontrar en un discurso de un minuto? ¿Cómo, en su lógica de correlaciones, consumir marihuana en Palermo es igual a relajarse, y hacerlo en la villa es igual a riesgoso/problemático? Propongo analizar sus dichos desde la mirada sociológica de Howard Becker: cómo A lleva a B, y el abordaje de los acontecimientos como cajas negras: “todos sabemos lo que ingresa en ese aparato misterioso y lo que sale. Lo que desconocemos es precisamente lo que más deseamos saber: cómo aquello que ingresa (input) se convierte en lo que sale del otro lado (output)3.

Del discurso de María Eugenia Vidal podemos sacar sus inputs (clase, edad, geografía) y el output (un/a consumidor/a recreacional y, por otro lado, un consumidor/a problemático/a); lo que interviene en el proceso para que se produzca ese output está invisibilizado en sus dichos. Su ecuación diría que todo/a joven pobre que vive en una villa no puede, “deliberadamente”, hacer un uso recreativo marihuana porque para ellos/as significaría el “inicio de un camino mucho más jodido y duro” hacia la dependencia. En cambio, un/a joven clase media o alta que vive en Palermo, podría elegir libremente, gracias a sus facultades (¿clasistas? ¿morales?), consumir marihuana para relajarse o pasarla bien con amigos/as.

Howard Becker realizó un estudio de caso sobre la adicción al opio en los Estados Unidos comparando las poblaciones dependientes de la década de 1920 y las de la actualidad. Siguiendo a los/as autores/as del momento, tomó como primeros inputs la edad, el género y la raza para comprender las causas de la adicción al opio y demostró que tal enfoque resultaba un problema empírico, ya que no todos los hombres jóvenes negros eran adictos ni tampoco todas las mujeres de mediana edad blancas clase media o alta de la década del 20 lo eran. El problema de estas correlaciones surge porque “desde el punto de vista estadístico, la edad, el género y la raza ‘causaban’ la adicción en ese segmento de la población -mujeres blancas de mediana edad, clase media y alta-, así como actualmente ‘causan’ adicción entre varones jóvenes negros” (Becker; 2016; p. 104), pero no nos dice cómo ocurre ese efecto. El autor habla de género, raza y edad; siguiendo a Vidal hablaremos de edad, clase y geografía. Podemos comparar cómo las características mencionadas “inducen a la máquina a convertirlos o no en adictos” dependiendo, en principio, de la geografía para intentar desmenuzar cómo se construye la opinión de la exgobernadora.

¿Por qué primero generaron adicción las mujeres blancas adineradas y luego fueron los varones jóvenes negros? “Uno de los factores dentro de la caja negra es el sistema de distribución de las drogas” (Becker; 2016; p. 106), ya que hasta 1914 en los Estados Unidos, las mujeres podían acceder libremente a sus medicamentos -a base de opiáceos sumamente adictivos- para tratar síntomas menopáusicos en las farmacias. Con la aprobación de la Ley Harrison, la prohibición de comercialización de narcóticos generó el surgimiento de mercados clandestinos instalados, en su mayoría, en barrios urbanos habitados por personas en situación socioeconómica de pobreza, donde la actividad delictiva no podía ser prevenida ni tampoco la participación de jóvenes en el mercado ilícito como fuente de ingresos, hecho que acercó las drogas a un público que antes no tenía acceso directo. Ni esta ni ninguna de las otras consecuencias del prohibicionismo -estigmatización, marginación, criminalización, persecusión, discriminación, entre otras-, estaban tan presentes en la sociedad como lo fue a partir de su instalación; con este paradigma, no sólo se vieron afectados las personas que consumen, sino también, y como vemos en el ejemplo mencionado, comunidades enteras con el establecimiento de negocios clandestinos en sus barrios.

Sumemos a la caja negra de Vidal, el sistema de distribución y acceso a las drogas. Este sí se vuelve un factor de riesgo teniendo en cuenta la prohibición vigente en nuestro país de venta, comercialización y tenencia de estupefacientes -Ley 23.737-, que habilita un mercado clandestino (el cual oferta nuevas drogas a quien quizás sólo buscaba marihuana), situación que puede presentarse tanto en Palermo como en Zabaleta, posiblemente con grandes diferencias de calidad; ante la prohibición “los consumidores sólo pueden hacer uso de lo que consiguen en las condiciones dadas” (Becker; 2016; p.115). La distribución de las drogas en los barrios, lejos de estar a cargo de los “narcos”, es llevada adelante por sus habitantes que ante la falta de oportunidades encuentran en esta área una fuente de empleo y dinero. Hablar de “narcos” en este caso, es consecuente a la Ley de Desfederalización 26.052, la cual favorece la persecución del narcomenudeo, o sea, de la venta a pequeña escala con el fin de llegar desde el eslabón más bajo en la cadena de comercialización al capo narco que está más próximo a vivir en los barrios donde habita el poder político que en las villas. Estas leyes acaban por estigmatizar, perseguir, marginalizar y criminalizar a una población particular como es la que vive en las villas o en los barrios más carenciados, condiciones que también deberían tenerse en cuenta a la hora de pensar política de drogas.

¿Qué hace que el efecto de la marihuana cambie según la geografía? Los efectos pueden variar según la fisiología, la psicología de las personas, el set y el setting -el contexto social y el estado mental o anímico en el que se consuma-, por lo que un mal viaje o consumo riesgoso podría suceder, geográficamente, en cualquier parte. El dónde nada nos dice respecto a la vulnerabilidad o el riesgo de consumo, en cambio sí podrán decirnos algo los patrones de consumo que se identifican en una persona y los condicionamientos sociales, culturales, económicos y políticos que la atraviesan. Es preciso señalar la aclaración de Vidal respecto a aquellos que no van a la escuela o la dejaron, para pensar el rol de la educación en esta temática con relación a los efectos de las drogas. “El acceso de los consumidores al conocimiento -del uso de drogas- ejerce una influencia directa sobre lo que experimentan, pues les permite controlar las influencias fisiológicas” (Becker; 2016; p.127). La educación sobre el uso de drogas para la reducción de riesgos y daños sigue siendo una deuda en nuestro país, la cual se agrega como condicionamiento para las dos realidades que estamos comparando.

Conocer qué genera cada droga nos da la libertad de elegir consumirla o no. En su discurso paternalista, Vidal reproduce una equivalencia condenatoria a las clases populares; por un lado, les quita la posibilidad de elegir libremente como sujetos de derecho racionales y, por el otro, iguala todo tipo de consumo a adicción porque ellos no podrían controlar sus impulsos. Por este motivo, no es casual que mencione a las madres de chicos adictos al paco en la misma línea en la que se habla de consumo recreativo en Palermo. Para las personas en situación socioeconómica de pobreza no hay consumo recreativo posible, si lo hacen acabarán siendo dependientes pues para lo único que utilizan la sustancia es para iniciar su consumo a drogas más duras. Su condición social es para ella un determinante que causa las adicciones; por ellos la legalización no es posible. ¿Es la sustancia el problema de estas poblaciones?

Ciertamente no lo es. La caja negra recibe todo tipo de inputs: “no sólo la característica específica de los consumidores individuales de drogas, sino también las condiciones del entorno” (Becker; 2016; p.139), clase, educación, política, oportunidades laborales, distribución asimétrica del poder punitivo, sistemas de distribución y acceso a la sustancia. Analizar cada una de las partes del engranaje del uso de drogas nos permite reconocer cuáles serían las políticas o acciones que posibiliten la libertad de las personas usuarias y prevenga los consumos problemáticos. En este sentido, una regulación estatal de la marihuana no sólo evitaría el acceso a los mercados clandestinos creados por la prohibición sino que también acabaría con las políticas de persecución y ocupación policial en los barrios; empezaría a descriminalizar y desestigmatizar a las personas que consumen; habilitaría la apertura a la educación sobre el uso de drogas en pos de la prevención y la reducción de los riesgos y daños; correría a la sustancia de lado para hacer foco en las desigualdades y la falta de derechos que debemos atender para prevenir los consumos problemáticos: educación, acceso a una vivienda digna, oportunidades laborales, acceso a la salud, salud mental, entre otros. No se trata de trazar un paralelismo entre dos realidades y determinar una consecuencia negativa o positiva de ellas, el esquema de inputs/outputs puede ser útil para entender y contextualizar todo lo que sucede en las experiencias con drogas y evitar reduccionismos del tipo “pobres + consumo = adicción”, que sólo buscan justificar políticas punitivas y reaccionarias dirigidas, principalmente, contra las clases populares.

1 Licenciada en Comunicación Social (UNLP), integrante de RESET – Política de Drogas y Derechos Humanos.

2Estoy en contra y quiero explicar desde dónde se construye mi opinión. Yo estoy a favor de la libertad y de que cada uno puede decidir qué hacer. Pero me parece que hay dos realidades muy distintas, una cosa es fumarte un porro en Palermo un sábado a la noche con amigos, relajado o con tu pareja o solo. Y otra cosa es vivir en la 21-24, en Zabaleta, en la 1-11-14 rodeado de narcos y que te ofrezcan un porro. Sin oportunidades, sin ir a la escuela o habiéndola dejado. Son dos caminos completamente distintos. Y si escuchas a las madres de chicos adictos al paco y a los curas villeros, y yo camino los barrios pobres hace 15 años, no me lo cuenta nadie, todas las semanas de mi vida y vi esas realidades, y me parece que no estamos, por esos pibes, listos para eso. Porque para esos pibes, la marihuana no es un consumo ocasional y de recreo y plenamente elegido, es parte del inicio de un camino mucho más jodido y más duro, donde tienen muchas menos oportunidades de elegir”. Declaraciones de María Eugenia Vidal en entrevista con Filo News, publicada el día 30 de septiembre del 2021.

3 Becker, H. (2016). “Mozart, el asesinato y los límites del sentido común: cómo construir teoría a partir de casos”. Buenos Aires. Editorial Siglo XXI. Pág. 104.

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