Por Paola Di Silverio, abogada (UNLP), integrante de RESET.
La intersección entre la jurisprudencia penal argentina y la cultura del rock nacional no siempre es explícita, pero cuando se entrelaza, suele manifestarse sobre las páginas más oscuras y punitivas de nuestra historia. El consumo de estupefacientes, la legislación que regula la materia y la respuesta del sistema estatal, siempre dispuesta a criminalizar a lxs usuarixs antes que ampararlxs, encuentran un punto en común en la biografía y la poética de Carlos Alberto “El Indio” Solari.
A lo largo de la historia y en materia de política de drogas en nuestro país, la jurisprudencia fue marcando hitos fundamentales en la discusión sobre las garantías individuales frente al prohibicionismo penal. Uno de ellos es el histórico Fallo “Colavini” (“Colavini, Ariel Omar s/infracción a la ley N° 20.771) del año 1978, dictado por la Corte Suprema de Justicia de la Nación (CSJN) durante la última dictadura militar. En el citado fallo, la CSJN validó constitucionalmente la punición de la tenencia de estupefacientes para consumo personal, argumentando razones de salud pública, y una suerte de moralidad colectiva que diluía la protección de la privacidad consagrada en el artículo 19 de la Constitución Nacional. Aquel paradigma no hacía distinciones: la persona usuaria de drogas era catalogada de inmediato como delincuente y en consecuencia, abandonada a la suerte del sistema carcelario.
Ese mismo año, el 14 de marzo de 1978, en un gravísimo hecho de violencia institucional y ante el desamparo normativo, ocurrió la Masacre de Pabellón Séptimo en la cárcel de Villa Devoto. Erróneamente denominado “motín” por la retórica oficial de la época, la masacre resultó con el fallecimiento de al menos 65 personas privadas de su libertad (por asfixia y fusilamiento encubierto) y más de 80 personas que resultaron con heridas de gravedad (“Que la memoria no se limite al recuerdo” 15 de diciembre de 2025, Ana Clara Camarotti, Reset). Las personas permanecieron encerradas durante el incendio sin posibilidad de escapatoria alguna, mientras el pabellón ardía ante la mirada cómplice y la inacción de los agentes penitenciarios encargados de contener las llamas y salvar las vidas de las personas allí alojadas.
La justicia penal tardó décadas en calificar estos hechos como delitos de lesa humanidad, demostrando el sesgo discriminatorio del aparato punitivo frente a los contextos de encierro. Pero aquí, donde la justicia calla y legitima, es donde la cultura a través de la música, en este caso del Indio, asume el rol de cronista de los inocentes.
En su libro “Recuerdos que mienten un poco” (Memorias en conversaciones con Marcelo Figueiras, editorial Sudamericana, año 2019) el Indio abre una herida personal que une el fallo Colavini con las llamas de Devoto: la historia de su entrañable amigo Luis María Canosa. Luis María era, según palabras del Indio un “angelito de verdad”, un artista que “cantaba muy bonito, hermoso pibe” y “tenía una acústica Fender que era un lujo”. No era un traficante; estaba, “sonado” (textual expresión del Indio) por el consumo problemático, y en un viaje a Buenos Aires fue detenido en un procedimiento policial menor por tener encima unas “pepas” de LSD. Así Luis terminó alojado en la cárcel de Devoto. La lógica, nos dice el Indio, dictaba que por la escasa cantidad incautada saldría pronto; pero la suerte de Luis cambió al quedar atrapado en el Pabellón Séptimo, por lo que murió asfixiado en la masacre.
Así, la poética ricotera metabolizó este dolor en dos himnos inolvidables:
Toxi Taxi: Incluida en el quinto disco de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota “La mosca y la sopa” (1991). Esta canción es el retrato del “sálvese quien pueda” urbano y de una democracia naciente que mantenía intactas las lógicas de encierro de la dictadura. En el libro, el Indio revela que la mítica frase “Cada día veo menos…” era una línea que el propio Luis María le cantaba al Indio antes de quedar detenido.
Pabellón Séptimo (relato de Horacio): Editada años más tarde en su primer disco solista “El tesoro de los inocentes” del año 2004, la canción se convierte en una crónica definitivamente cruda y realista de la masacre. Tomando la voz en primera persona de un sobreviviente (“Horacio”), el Indio canta: “Voy a tratar de hacer conducta aquí para rajar antes que mis pulmones”. Es el grito desesperado de quien sabe que el Estado, en lugar de protegerlo, ha decidido trancar la puerta para que el humo termine el trabajo. En sus páginas, Solari se quiebra en silencio y confiesa: “Si había alguien que no tenía que estar ahí, era él”.
Mientras el andamiaje penal de la Ley 23.737 llenaba las prisiones en aras del prohibicionismo, el Indio Solari le devolvió la condición de seres humanos a quienes integraban esos pabellones. Hoy, este texto se vuelve un humilde homenaje a su figura. Gracias, Indio, por musicalizar el desamparo, por no dejar que borren nuestros recuerdos y por prender una vela en la penumbra de las almas que el sistema prefirió asfixiar. Tu voz siempre será el refugio de los inocentes.
Acerca del trabajo en la Unidad 9 de la ciudad La Plata:
Durante el segundo encuentro del taller “Política de drogas, salud y derechos humanos” que se viene desarrollando junto a la agrupación de educación en contextos de encierro “La Reja” en la Unidad Penitenciaria N° 9 de La Plata, se propuso un espacio de reflexión crítica y un emotivo homenaje al ícono del rock nacional, el Indio Solari, utilizando su obra y sus memorias como un enlace directo para abordar las temáticas del cronograma de clases.
La actividad tuvo como eje central el análisis de las Leyes Nacionales N° 20.771 (1974) y N° 23.737 (1989) de Estupefacientes y el recorrido histórico de la jurisprudencia de la Corte Suprema de Justicia de la Nación desde 1974 hasta el 2009. Durante la jornada, se abordó en profundidad el histórico Fallo dela CSJN “Colavini” (1978) dictado durante los años más oscuros de la última dictadura militar. Aquella resolución, como ya mencionamos, validó constitucionalmente la criminalización de la tenencia para consumo personal bajo el pretexto de resguardar la salud pública. Las talleristas y el alumnado debatieron cómo ese paradigma prohibicionista ha funcionado históricamente como un entramado donde el consumidor y los eslabones más débiles de la cadena del tráfico de estupefacientes son quienes finalmente quedan atrapados por las agencias del sistema penal, en una especie de trampa punitiva del diseño de la política criminal en materia de drogas, evidenciando asimismo las lógicas de deshumanización institucional.
El encuentro concluyó con la proyección de los videos de las canciones “Pabellón Séptimo” y “Toxi Taxi”, acompañado de unos minutos de aplausos en memoria del artista. Los participantes destacaron el valor de la actividad, reforzando la idea de que la poética ricotera continuará siendo, de un lado y del otro de los muros, un refugio donde siempre habitará la memoria.
